Dentro de un coche antiguo y pequeño estaban Kiko y Luís, llevaban un rato esperando, ya era la una de la mañana y parecía que nunca llegaría la hora de irse a dormir. Kiko empezó a moverse en su asiento, estaba impaciente.
-Ya es la una, ¿vamos?- dijo Kiko.
-Espera un poco. ¿No ves que todavía hay luz? Si quieres vamos y llamamos a la puerta. ¡Y para quieto de una vez!
Kiko miró a Luís con los ojos como platos y añadió:
-¿Tú crees que nos dejará entrar?
No hubo respuesta, sólo una colleja que resonó en el cogote de Kiko. Y cuando éste se disponía a replicar la agresión, se apagaron por fin las luces del piso.
-Vamos, ya es la hora. Intenta no montar un escándalo como la última vez, ¿vale?
Kiko se limitó a hacer un gesto de burla a Luís, cuando éste no miraba. Cruzaron la calle y fueron al callejón que daba a la ventana por la que entrarían. Luís dejó su mochila en el suelo y se dio cuenta que Kiko no estaba a su lado, asomó la cabeza por el callejón y lo vio embobado en la entrada del bloque de apartamentos.
-¡Venga! ¿Qué haces ahí parado? ¡Muévete! ¡Que te va a ver el portero!
-¿Has visto qué entrada? –dijo mientras se acercaba al callejón-. Es que parece un palacio, los buzones brillan un montón…
Kiko seguía hablando pero Luís dejó de escucharle.
-¡Por Dios! Haz el puto favor de centrarte un poco. ¿Qué quieres, qué nos descubran? Si es que de verdad que no sirves para nada.
-Jolines Luís, no hables tan alto que vas a despertar a alguien. Mi mamá siempre decía…
-¡Me importa un carajo lo que dijera tu madre! Ahora ponte el pasamontañas y…
Dejó de hablar un momento y movió la cabeza de un lado a otro desesperadamente.
-¿Dónde demonios está el container? ¡Joder! ¿Y el puto container? ¡Ayer estaba aquí! Luís se puso las manos a la cabeza y apretó los dientes mientras se movía de un lado a otro de forma nerviosa.
-Hala, es verdad. Sin el container no llegamos a la ventana. ¡Vaya faena jefe! -dijo Kiko con una sonrisa.
-¡Cállate merluzo! Tengo que pensar algo. A ver cómo lo hacemos ahora para subir a la ventana.
-Si fuéramos gatos sería tan fácil…¿No crees?
Luís le pegó otra colleja, esta vez tan fuerte que Kiko gritó, pero inmediatamente se puso las dos manos delante de la boca, como si fuera un niño después de decir una mentira.
Efectivamente el grito llamó la atención de doña Petra, una mujer mayor que desde que murió su marido tenía problemas para dormir. Aquellos infernales ronquidos que tanto le molestaban, ahora resultaban imprescindibles para conciliar el sueño.
-¿Qué ha sido eso? –se dirigió a la ventana con su yorkshire en los brazos- ¿Tú también lo has oído Milly?
Asomó la cabeza por la ventana y vio algo borroso en el callejón.
-Ay, no veo nada. Necesito las gafas de lejos. ¿Sabes tú dónde pueden estar Milly?
Mientras, los dos ladronzuelos seguían en el callejón.
-Creo que es mejor irnos a casa. Mañana será otro día jefe.
-¡No! Tiene que ser esta noche, que la mujer está sola. Su marido está no sé dónde por trabajo. ¿Es que lo has olvidado?
-Ah, es verdad. Pues… no sé. Sigo pensando que si fuéramos gatos… -entonces Kiko empezó a comportarse como si fuera un gato.
-Miiaauuuu, miau.
Por eso, le cayó otra colleja.
Doña Petra, ya con sus gafas para ver de lejos, volvió a asomarse a la ventana.
-¡Mira Milly! Hay dos hombres en el callejón. ¿Pero qué están haciendo?
Luís ordenó a Kiko que trajera un par de motos aparcadas en la calle principal.
-Jefe, no entiendo nada.
-¡Claro que no! Eres idiota. Ahora súbete a una de las motos.
Mientras Kiko lo hacía, Luís seguía explicándose.
-Muy bien, ahora voy yo –se subió a la otra moto, y continuó hablando-. Y ahora me subes a caballito y entonces ¡listo! Tenemos acceso a la ventana.
-¿Qué están haciendo esos dos eh Milly? Se van a hacer daño subiéndose a esas motos. ¿Qué pretenden? ¡Oh dios mío! ¡Quieren colarse por esa ventana! Milly, ¿qué hacemos?
Doña Petra se apartó de la ventana y empezó a dar vueltas por la alfombra con las manos en la cara mientras su yorkshire la seguía, moviendo el rabo de un lado a otro.
-¿Estás listo? Bueno, voy. Cógeme bien, no me sueltes eh idiota.
-No, jefe. Todo controlado.
Luís se dispuso a subirse a la espalda de Kiko.
-¡No te muevas!
-No, jefe.
Pero de repente Kiko notó un fuerte golpe en la cabeza y como acto reflejo se la tocó con una mano, soltando a Luís.
-¿Pero qué haces, idiota? ¡Que me voy a caer!
-Algo me ha dado en la cabeza, jefe. ¿Qué es este pringue?
-¡Me caigo! Agárrame que… -Luís se cayó al suelo de culo- ¡Serás imbécil! ¡Me has tirado a propósito!
-Mira, tengo huevo en todo el pelo, jefe. ¿Qué raro, verdad?
-¿Pero qué estás diciendo, patán?
Kiko le enseñó el huevo aplastado en su cabeza y los dos ladronzuelos miraron al cielo, y vieron asomada por la ventana a una señora mayor.
-¡He llamado a la policía! ¡Ladrones, más que ladrones! ¡Os vais a enterar! –gritaba doña Petra desde su ventana, con un par de huevos en cada mano. Los lanzó con fuerza.
-¡Corre! ¡Al coche! -dijo Luís a Kiko.
-Al menos llevábamos los pasamontañas y no nos ha visto la cara.
-¡Claro! Podría haber sido peor, ¿eh jefe?
-Sí. Oye, ¿tienes pasta? Tengo hambre, vamos a comer algo.
Kiko miró a los lados, miró hacia los asientos traseros del coche.
-¿Qué? ¿Qué coño pasa?
-Pues… Que me he dejado la mochila en el callejón con mi cartera.
-¿¡Cómo!? ¿Estás loco?
-¡Pero es que siempre dices que no debo llevar cosas en los bolsillos! Porque siempre lo pierdo todo. Simplemente te hice caso.
Y otra colleja más.