La cirugía estética ha llegado a la zona más íntima de la mujer, el rejuvenecimiento vaginal es una nueva moda que interesa cada vez a más gente. Pero ¿realmente es algo necesario? La obsesión por la juventud está provocando que se pierda la perspectiva de la belleza de la madurez y convierte el paso del tiempo como algo aberrante que hay que frenar a toda costa.
La cirugía estética es la solución para erradicar ese mal llamado edad, del cual nadie puede librarse, aunque por el módico precio de unos cuantos miles de euros se puede aumentar el pecho, hacer la nariz más respingona, estirar las arrugas de expresión y por último, y no menos importante, hacerse una nueva vagina que cumpla a raja tabla los cánones de belleza del momento.
La cirugía estética de la parte íntima de la mujer estaba limitada sobre todo a profesionales del cine adulto y a las que por razones médicas (incontinencia, malformaciones congénitas o lesiones derivadas del parto) lo necesitaban. Pero ahora eso ha cambiado, y los casos de mujeres que desean operarse por motivos estéticos (y no laborales o de salud) van en aumento gracias sobre todo al poder de la publicidad. Una vez más se considera la cirugía como la salvadora a todos los problemas del hastiado ciudadano occidental. Para contrarrestar el poder hipnótico de la publicidad menos mal que existen médicos serios y responsables que no ven necesario hacer estas intervenciones por ser un riesgo demasiado absurdo si se hace por motivos exclusivamente estéticos.
En las clínicas se habla del rejuvenecimiento vaginal como un procedimiento de “solamente” 60 a 90 minutos diseñado para conseguir un mayor placer sexual gracias a la mejora de los músculos de la vagina, algo que, señoras, se consigue practicando los ejercicios de Kegel. Se venden estas intervenciones como si fueran la solución para los problemas sexuales de las mujeres, que en la mayoría de los casos se deben a una mala comunicación con su pareja y no a problemas físicos. Las intervenciones se dividen dependiendo de la zona a tratar, que van desde la reconstrucción del himen, la labioplastia (reducir el tamaño de los labios menores), tensar los músculos de la vagina (vaginoplastia) hasta la lipoplastia vulvar que consiste en aumentar o disminuir el volumen de las áreas genitales al gusto de la paciente.
El problema de esta práctica, por motivos exclusivamente estéticos, es que suceda como con otras partes del cuerpo y se imponga un modelo único considerado bello y que todas deseen ese mismo patrón, como ha pasado con los labios, la nariz o los pechos. Además, como nuestra sociedad también está obsesionada con la sexualidad, la promesa de una vida sexual más satisfactoria impulsa a mujeres a someterse a estas operaciones. El problema está en que las grandes expectativas caen en picado al no estar demostrado que haya una relación directa entre estas cirugías y el rendimiento sexual. Y para más dramatismo, además de la frustración por no conseguir esa idílica vida sexual soñada se suma el dineral gastado para conseguirlo. Porque estas operaciones no son baratas, cuestan entre 3.500 y 8.000 dólares. Más los posibles problemas post-operatorios que pueden surgir al ser una zona extremamente delicada.
La paradoja es que el hombre no fantasea con una zona concreta de la mujer sino con la mujer en su totalidad, pero a pesar de eso muchas mujeres desean operarse para resultar más bellas a los ojos de sus amantes.