Discriminación laboral

La igualdad real en el ámbito laboral sigue siendo un mito. España es el país con mayor tasa de paro femenino de la Unión Europea.

La mujer desde que se incorporó al mercado laboral ha estado relegada a un segundo puesto, siempre por detrás del hombre. Esto se debe a muchos factores, aunque el principal es el arraigado carácter machista de nuestra sociedad y aunque se intentan cambiar las cosas, los cambios van demasiado despacio. El problema radica en que las empresas no actúan para favorecer la paridad en lo que a géneros se refiere, los hombres ganan un 15% más que las mujeres por el mismo trabajo realizado, este es un hecho que se podría solventar con unos sencillos trámites en contabilidad. Pero si nadie lo exige, si nadie las obliga pues las empresas no se hacen eco de esta situación.

El mercado ha tenido suficiente tiempo para adaptarse a la incorporación de la mujer al trabajo y sigue sin actuar al respecto, por eso es necesario medidas drásticas como legislaciones especiales que obliguen a las empresas a reaccionar.

El hecho que un hombre casado con hijos cobre más que uno soltero sin hijos, y sea el caso inverso en las mujeres demuestra que el concepto de familia no ha evolucionado para nada en el imaginario colectivo de nuestro país. Pues la familia sigue siendo “cosa de mujeres”, esto se debe a la herencia directa del franquismo que dictó que el lugar natural de la mujer era el hogar y su única función era ser madre y esposa. Como respuesta a esa herencia, ahora nos encontramos con el caso contrario, de algún modo las aspiraciones profesionales de la mujer se ven truncadas si ésta quiere ser madre y llega un momento en que la mujer debe elegir una cosa o la otra, como si ambas cosas fueran incompatibles. Las mujeres trabajadoras y madres demuestran que sí es posible, aunque un 18% de las mujeres acaba por dejar su trabajo por no poderlo conciliar con su vida familiar.

¿Por qué sucede esto? Es muy simple, los hijos son cosa de mujeres, los hijos son de las mujeres y punto. Así lo ve la sociedad y por eso actúa como tal. ¿Qué pasaría si las mujeres decidieran no tener hijos para abarcar puestos de poder en grandes empresas y altos cargos públicos o privados? ¿Serían entonces los hombres quienes demandarían tener familia y entonces serían ellos los que dejarían su trabajo? Quién sabe…

Lo paradójico y completamente exasperante es que las mujeres están bien formadas, llenan las universidades (59%) y se preparan bien para el futuro. Pero siguen teniendo más dificultades que los hombres para encontrar empleo. Además sólo representan un 33% en puestos directivos y una vez más la culpa la tiene el llamado “techo de cristal” es decir las responsabilidades familiares, la segregación laboral y la actitud machista de las empresas.

Además, la sociedad ha dividido los trabajos por género y el “trabajo femenino” está infravalorado. Para empezar una mujer que está en su casa trabajando las 24 horas no cobra nada. ¿Por qué? Pues porque no se considera que trabaje. Incluso cuando un determinado sector se “feminiza” existe el fenómeno (inexplicable por otro lado, pero real) de la bajada de los salarios en general para ambos sexos. Cuatro de cada 10 mujeres trabajan en la enseñanza, salud, ayudas sociales, secretaría o administración. En la industria, las tecnologías, las ciencias y el sector financiero las diferencias salariales entre hombres y mujeres pueden llegar al 40%. Cuando mayor es la empresa mayor la discriminación y las diferencias. Esta discriminación aumenta con la edad, si entre hombres y mujeres menores de 30 años hay una diferencia del 7%, a los 50 años la diferencia dependiendo del género aumenta hasta un 33%. Esto significa que las mujeres cobran pensiones más bajas que los hombres. Esta alarmante situación es algo que debemos cambiar con nuevos valores realmente democráticos que no discriminen por razones de género.