La última cena

La forma de abrir la puerta era el primer indicio para saber su humor. Hoy parecía titubeante, seguramente por las copas de más. Cuando iba borracho sólo podían pasar dos cosas: o que estuviera tan borracho que fuera directo a un sueño profundo, o que tuviera más ganas de beber y entonces quién sabe…

Ella estaba en la cocina; aunque lo había oído entrar, no fue a recibirle. Podía oír como se acercaba arrastrando los pies.

-Tengo hambre, a ver si comemos ya. ¡Que has tenido toda la mañana para preparar la comida!

Ella, con actitud sumisa, giró la cabeza tímidamente y lo miró de reojo.

-¡Vaya! No te pongas tanto maquillaje que no te favorece. ¡Estás vieja! Y eso no lo vas a cambiar, aunque te pintes como una mona –empezó a reírse y con su risa de borracho se fue de la cocina.

Ella empezó a llorar. Mientras cortaba unos tomates sentía dolor en el hombro. En realidad, le dolía cada articulación de los brazos, como si sus ligamentos fueran hilo dental muy fino incapaz de sostener el resto de órganos. Paró. Levantó el cuchillo y vio su reflejo en él. Lloraba sólo por un ojo, el otro lo tenía cerrado y azul. Miró su ojo morado.

Entonces apareció de nuevo en la cocina.

-¿Qué haces ahí parada? ¡Ya te he dicho que tengo hambre!

No le dio tiempo a reaccionar. Se quedó paralizada viendo a cámara lenta su destino. Se abalanzó sobre ella y la golpeó. Su mano dejó caer el cuchillo, que en comparación con los golpes parecía una pluma volando hasta el suelo. Los golpes eran tan fuertes que no se oían los gritos. Instintivamente se protegía la cabeza con los brazos, pero él era tan grande y fuerte que con una sola mano podía agarrar sus dos brazos y mientras se los retorcía dejaba libre su cara para poder sacudirla una y otra vez. La borrachera hizo su efecto y tuvo que detenerse para vomitar.

-¡Mira lo que has hecho! ¡Qué asco! Ya no quiero comer aquí, me voy al bar. Cuando llegue quiero esto limpio. ¿Me has oído, cerda? –dio un manotazo a la cacerola, tirándola al suelo. Se alejó dando tumbos y con su portazo llegó de nuevo el silencio.

Como un soldado moribundo estaba en el suelo esforzándose por respirar. Sentía el sabor de su sangre y sus lágrimas, y el fuerte olor a vómito que había ensuciado sus pies.

Cogió el cuchillo que antes había dejado caer y miró su reflejo. Tenía la cara amoratada e hinchada; el tabique nasal desplazado; un labio partido y sangre por todas partes. Se miró, cerró los ojos y gritó desesperadamente. Otro día en el infierno, pensó. Se incorporó como pudo “Mira este lugar, debería recoger”, pero cada gesto suponía un esfuerzo sobrehumano, un dolor atroz que no podía soportar más. Entonces se quedó quieta un segundo, pensativa, y luego fue directa al baño. Abrió el botiquín y se quedó mirando todos los medicamentos. Cogió el bote de digoxina y volvió a la cocina mientras se repetía “un ataque al corazón lo puede tener cualquiera, un ataque al corazón lo puede tener cualquiera, un ataque al corazón…”

Vertió las pastillas sobre el mármol, cogió el cuchillo y empezó a triturarlas hasta que transformarlas en polvo.

La forma de abrir la puerta era el primer indicio para saber su humor. Estaba de mal humor; el ascensor se había estropeado y subió los escalones como si fuera una apisonadora, haciendo muchísimo ruido. Abrió la puerta y la cerró de un portazo; entonces vio la mesa puesta, y la cena preparada.

Ella lo estaba esperando.

– ¿Tienes hambre? –le preguntó con una voz suave y sumisa.

Un gruñido fue su respuesta. Sin mirarla a la cara se sentó y empezó a tomar la sopa, ella hizo lo mismo. Cenaron sin hablar, pero no en silencio; cada sorbo de sopa, cada trago de vino, cada trozo de pollo masticado, se traducían en un sinfín de ruidos desagradables. Después de devorar su última cena, se levantó de un salto y se fue al sofá a ver el partido.

Cuando ella terminó su cena, apiló los platos y los llevó a la cocina. Ésta seguía con la misma estampa de la mañana: era el campo de batalla que demostraba la guerra que cada día allí se libraba. Dejó los platos en el mármol y escuchó.

-¡¡¡Goooooooooooooooooooooooooooooool!!!

Eran los vecinos que gritaban eufóricos por el gol de su equipo, el mismo que el de su marido. Sin embargo, no hubo grito alguno. Lentamente fue al comedor y echó un vistazo. Descolgó el teléfono.

-¿Policía?